…
—¿Nos vamos? —pregunté—. Nos queda todavía bastante camino.
—¿Tienes prisa? —dijo Wayne, concentrado en la radio—. Hace años que no llamo a una emisora a pedir una canción, Randy.
Se levantó, cogió un trozo de tarta y se fue a una cabina que había en el pasillo que daba al aseo.
—Vaya, Phil. Llaman desde Las Vegas —dijo uno de los locutores.
—Oh, Frank, amo Las Vegas —dijo el otro presentador—. No sabía que nuestra emisora se escuchara allí.
—Eso parece, Phil. ¿Te he contado que una vez fui a Las Vegas?
—No, Frank. ¿Hace mucho de eso?
—De viaje de novios. Fuimos dos y volvimos tres, no sé si me sigues.
Se escucharon risas.
—Creo que sí, Frank. Pero vamos a ver a quién tenemos al otro lado de la línea llamando desde Las Vegas. ¿Con quién hablamos?
Miré a Wayne, que estaba de espaldas a la gente, de cara a la pared. Se le había bajado el pantalón y se le veía la raja del culo.
—Me llamo Wayne.
—Un placer hablar contigo, Wayne —dijo Phil—. ¿Y qué haces llamando al programa a estas horas en lugar de estar jugando en alguna mesa al lado de una preciosidad?
—Ahora que lo dices, Phil —comentó Frank—, cuidado con eso, que a mí casi me cuesta el divorcio. Y solo llevaba tres días casado. Menos mal que me contuve, porque la tenía hecha.
—Tampoco hubiera pasado nada, Frank. Total, para lo que luego te duró el matrimonio…
Se escucharon risas nuevamente.
—Cada vez que me acuerdo pienso que no tenía que haber dejado pasar la oportunidad. Pero no es de eso de lo que queremos hablar, ¿verdad, Wayne?
—Yo quería pedir una canción —dijo.
—Vaya, hombre —dijo Phil—. Directo al grano. ¿Y qué canción quieres pedir, si puede saberse?
—Quiero a Smokey Robinson —contestó Wayne.
—Curiosa elección, sí, señor. Creo que nunca nos lo habían pedido, así que, amigo, mucho me temo que antes tendrás que ganártelo —dijo Frank—. A ver, cuéntanos algo. Dinos qué haces en Las Vegas.
—Voy de viaje a Colorado a arreglar unos papeles con mi exmujer —dijo Wayne—. Hemos parado en una gasolinera a descansar un poco.
—¿Con quién vas? —preguntó Frank.
—Con Randy Sullivan —dijo Wayne—. Le ha dejado su novia y regresa a Nueva York. Estamos compartiendo coche.
—A uno le deja la novia y al otro la mujer. Menudos dos os habéis juntado —se rio Phil—. ¿Y no habríais preferido haber parado en algún casino en lugar de en una gasolinera?
—Yo le habría preguntado, Phil, en qué narices está pensando el tal Sullivan para ir hasta Nueva York en coche —dijo Frank.
—Le dan miedo los aviones —soltó Wayne.
—Joder. Eso explica muchas cosas —dijo Frank—. ¿Y de qué habéis estado hablando durante el camino?
—Randy no se cree que los republicanos nos quieren controlar —dijo Wayne.
—¡Anda! Esa es buena —comentó Frank—. ¿Y cómo es eso?
—A través del agua. Nos meten flúor y así nos tienen adormecidos. Y luego, en los programas de televisión, nos intercalan imágenes que se nos cuelan en el cerebro para pensar como ellos quieren que pensemos.
—¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? —preguntó Phil—. ¿Ronald Reagan y su equipo?
—No. Ellos son unas marionetas. Los que dominan el mundo están allí arriba —dijo Wayne—. Bueno, allí arriba y aquí abajo también.
—¿A qué te refieres, Wayne? —preguntó nuevamente Phil.
—Están entre nosotros, pero no son de aquí. Vienen a supervisar que los Gobiernos hacen lo que ellos quieren que hagan. Yo les llamo «los embajadores».
—Interesante —dijo Phil—. ¿Y qué hacen exactamente esos embajadores, Wayne?
—Caminan entre nosotros, se toman café en nuestros bares, se acuestan con nuestras mujeres y hasta incluso presentan programas en la radio y en la televisión —respondió Wayne.
—Espera, espera… ¿Estás diciendo que Phil o yo podríamos ser uno de esos embajadores? —preguntó Frank.
—A lo mejor vosotros no, pero David Letterman sí que lo es. ¿O acaso no tiene cara de lagarto? —dijo Wayne.
La gente de la cafetería estaba callada escuchando atentamente la radio. Nadie sabía que el colgado que estaba llamando lo tenían a la vista. Miré hacia él. En ese momento, se estaba subiendo el pantalón.
—Es un puto reptiliano —dijo después.
—¿Tienes pruebas de eso? —preguntó Phil.
—Pinchadle en el brazo —dijo Wayne, elevando el tono de voz. La gente de la cafetería se giró hacia él—. Seguro que el color de su sangre es verde lima.
—¡Verde lima! —repitió Frank.
—Me parece a mí que nuestro amigo Wayne no está en una gasolinera, sino poniéndose hasta arriba en algún hotel de Las Vegas —dijo Phil.
—¿Vosotros también sois reptilianos? Estáis por todas partes, hijos de puta. Pero conmigo no vais a poder—. Wayne se giró hacia el salón de la cafetería. —Es la puta verdad. Despertad de una vez —gritó.
—Bueno, Phil, otro loco más, y ya no sé cuántos van desde que empezamos el programa —dijo Frank.
—Loca tu puta madre —soltó Wayne. Se le habían bajado de nuevo los pantalones—. Y ahora quiero mi canción.
Al otro lado de la línea, colgaron el teléfono, aunque Wayne no se dio cuenta y siguió con el auricular en la oreja.
—¡Quiero al puto Smokey Robinson!