De un siglo anterior: La cruz en lugar de la espada

Hay una escena de la película La misión, de Robert De Niro y Jeremy Irons, en la que el personaje que interpreta De Niro se libera de su pasado cuando los mismos indígenas a los que ha perseguido toda su vida, le perdonan la vida en las cataratas de Iguazú, lanzando el saco de piedras que lleva a su espalda hacia la cascada. A partir de ese momento, y con la imponente melodía de Ennio Morricone, siente una redención que le hace cambiar la espada para la cruz. 

Siempre he encontrado cierto paralelismo en la carrera de Bunbury y la transformación que experimenta en vida Rodrigo Mendoza. Durante muchos años, en el periodo transcurrido hasta El viaje a ninguna parte, Enrique entendió que la evangelización se realizaba a través de la espada, como aquellos conquistadores de los siglos XV al XVII. Luego llegó el cuerpo a cuerpo, y sin embargo, ahora da la sensación de que prefiriese la cruz, como los misioneros del siglo XIX o incluso de un siglo anterior, al estilo Fray Junípero. Y como todo está conectado con todo, y no hay secreto que no se termine contando, existe precisamente un maravilloso episodio de Black Mirror llamado San Junípero, en el que las dos protagonistas arrastran piedras de su pasado y San Junípero es el lugar donde deciden soltarlas, en una reflexión al derecho a ser feliz. 

Dejada atrás esta introducción a la par histórica y cinematográfica, nos centramos en el reciente trabajo de Enrique, grabado nuevamente en el Desierto de los Leones -cuna, casualmente, de los peligrosos indios chichimecas-, y donde nos muestra ya del todo -por si alguien tenía dudas-, que está más cerca del arpa que de la guitarra. Al escucharlo, uno tiene la sensación de que Bunbury ha parado el movimiento del péndulo, dejándolo quieto en una especie de folk-rock latinoamericano, como ya hizo con Cuentas pendientes. En estos tiempos donde todos los discos miran hacia la punta del iceberg, De un siglo anterior mira a lo que hay debajo, al hielo que no se ve. Pero aunque más de uno pensemos que hubieran encajado mejor los dos como doble álbum -lo que nos transporta a aquella época de los 90 y esos LPs que tanto nos emocionaban, como Use for Illusion I & II, Mellon Collie and the Infinite Sadness o… El espíritu del vino-, Enrique vuelve a dejarnos claro otra vez que hace lo que quiere y, por más que nos pese, como quiere. 

Y es que si algo ha caracterizado a Bunbury a lo largo de su trayectoria es que no pretende ser alguien que simplemente pasaba por allí. Él es una pieza de su propio puzle, no una pieza del puzle de los demás. Y aunque acepte que las reglas del juego ya no son las mismas que cuando empezó, lo que no soporta es que le cambien las porterías de lado a mitad de la partida. Y así nos lo canta en Creer que se puede creer, cuando recita: «No me siento en casa en ninguna parte, pero me siento bien en cualquier lugar”, como asumiendo que, aunque se encuentra en un nuevo tablero, para él solo existe una verdad inamovible que nos advierte en la parte C de la canción: “Quien tiene una misión y un sombrero, no se debe detener”. Enrique sabe que tiene tatuada una diana en el centro de su corazón por tipos que ni siquiera saben hacer despegar aviones de papel. Sin embargo, apenas gasta tiempo con ellos y, si hay algún mensaje hacia alguien, sería hacia otro enemigo -que ya no lo es tanto- y al que no tiene intención de combatir. Quizás por eso, hacia mitad del tema, se encuentra un guiño a Avalancha, o al menos uno así lo puede creer. En cualquier caso, alejándonos del terreno de la especulación y centrándonos en lo real, en concreto en el videoclip, alguien debería recordar a la protagonista que cualquiera que haya visto una película de miedo sabe que, pase lo que pase, nunca hay que meterse en una sauna y, mucho menos, en el bosque.

Pero no es de los susurros que se escuchan entre los árboles -y que para muchos vienen, en realidad, del hielo de la Antártida y lo que se esconde detrás-, de lo que nos habla Bunbury en el disco. Sólo hace falta escuchar La próxima vez no habrá próxima vez para darse cuenta de que lo que pretende indicarnos es que las oportunidades no son infinitas y que pocas veces las cosas sucedieron como uno las recuerda: “Los recuerdos se van a borrar, la memoria se podrá adaptar”. Nuevamente aquí, utiliza la parte C para lanzar un mensaje interesante: “Obstinado en que la ciencia sea una y nada más”. Resulta curioso que los mismos que antes nos pedían que miráramos al cielo en busca de platillos volantes, ahora nos digan que lo hagamos bajo el mar. Y entre tanto, cada vez más voces olvidan lo aprendido y sostienen que esta roca giratoria sobre la que viajamos entre las estrellas no es más que una torta con forma de plato de sopa.

Saliendo de terrenos pantanosos -nunca conviene cuestionar a la ciencia ni alejarse del pensamiento único-, si hay algo que guarda bien la memoria son los incendios, y hay llamas que ni siquiera tras el alto el fuego se apagan del todo. Sin embargo, en Un brindis al sol, bajo un colchón instrumental psicodélico, Enrique nos cuenta que esas brasas que quedan ya ni si quiera le queman: “He sobrevivido al exceso como un emperador / ¿Quién va a lloriquear por los años que pasan?” Es más, parece el canto maduro de alguien que ya bajó a la cascada, recogió aquellas piedras que tiró y ahora las usa para hacerse una copa y levantarla al cielo. Pero ese mismo sol que ilumina nuestro rostro y hace cambiar el color de los ojos, también se cuela por las rendijas de la persiana de la habitación y alumbra la cama en la que antes dormíamos acompañados. Por eso nos recuerda que debemos aceptar que “no quedan victorias sin dolor”, y lo canta en primera persona, sin lamentarse, como quien es consciente de que le han robado las llaves del palacio y ni se molesta ya en tratar de recuperarlas. Como si no le importase no volver a dormir nunca más en la cama del faraón y se conformara con una esquina del rellano. Como si él mejor que nadie supiera que hay millones de documentales de tiburones comiéndose bancos de peces, pero ni uno solo de bancos de peces comiéndose un tiburón.

Definitivamente, encontramos a Enrique en un momento vital donde evita el enfrentamiento, pero también nos recuerda que hacia el final de la película, Rodrigo Mendoza volvió a empuñar la espada. El single que eligió para el lanzamiento del álbum, La voz, lo explica a su manera: “Hay balas que apenas te rozan, hay una voz que permanecerá rota / Si no es demasiado pedir, quizás lo vaya a olvidar”, para terminar advirtiendo que: «Siempre puedes echar marcha atrás, regresar, completar el ciclo y quizás volver otra vez hasta el mismo lugar”. Y es que dicen que hay voces que se quedan pegadas a las cortinas mucho después de que se hayan llevado los muebles. Lo que está claro es que cuando Bunbury canta melancólico, no parece suficiente con escuchar su voz. Muchos querríamos verla físicamente, observar de qué color es y qué forma tiene. Y, por qué no, abrazarla.

Casualidad o no, los cuatro primeros singles son, en otro orden, las cuatro primeras canciones del álbum, algo que no es la primera vez que ocurre con él. Mientras los fanáticos del rock más eléctrico y experimental consideran que ya lleva demasiados discos tomándose unas vacaciones de sí mismo, Enrique nos pide que avancemos un poco más, que andemos esa milla extra de la que siempre nos hablan los jefes en las empresas. Hay algo, en cualquier caso, en sus últimos años que emociona y decepciona a partes iguales. Pasa tan poco tiempo entre sus lanzamientos, que no nos da tiempo siquiera a echarlo de menos. Los que vemos en él algo místico, casi mesiánico, y conocemos, además, la materia de la que se forjan las leyendas, fantaseamos con la idea de que, durante una buena temporada, nadie sepa de su vida, y, de pronto, muchos años después, aparezca una noticia en un recuadro pequeño de un tabloide local en la que un testigo jure que lo encontró una vez tocando el piano en el bar de un hotel de Arkansas, y que lo reconoció a pesar de ir vestido con un pijama, a lo Gustavo Santaolalla, y llevar el pelo muy largo y muy liso y la barba muy blanca. Y que el tipo sostenga que lo vio tararear canciones tristes, a lo Alexi Murdoch o Nick Drake. Y que, entre canción y canción, lo escuchaba hablar muy bajo, afirmando entre susurros cosas tan extrañas como que somos la pesadilla de Dios, y que a la sexta hora del sexto día del sexto mes del año veremos una luz negra que nos iluminará todas aquellas cosas que nunca nos contaron porque no venían en el cuento. Y pedía que desconfiáramos de la disidencia controlada. Y terminaba afirmando que aparecimos en este mundo porque alguien que nos prometió un tesoro nos trajo hasta aquí, pero se le olvidó darnos el mapa. Y tras quedarse unos segundos en silencio, sin esperar la aprobación de los pocos clientes del hotel, empezara a tocar La Alacena. Y que, a su vez, casi una década después de aquello, apareciera un documental por televisión en el que nos enteremos de que, durante un tiempo, en su casa tuvieron que poner barrotes en todas las ventanas porque cambió las micro-dosis de psilocibina por LSD, y por las noches creía que podía volar, como los campesinos de aquel pueblo de Francia a quienes los agentes secretos del MK ULTRA, allá por los 50, envenenaron el pan. Y que encontraran en su habitación, escondido en un cajón y bajo un montón de ropa desordenada, un disco psicodélico, plagado de pasajes instrumentales largos y atmosféricos, a lo Melange, The Bambi Molesters o Los premios.

Pero escuchando La cima, sin duda la mejor canción del álbum, ese delirio puede esperar. El coro que suena a mitad del tema -y que tanto nos recuerda a La hiedra, de Cuentas pendientes-, nos transporta a un sitio muy lejano que quizás nos gustaba demasiado. Un sitio que no es un lugar, sino alguien con quien paseábamos en bicicleta cogidos de la mano. Alguien a quien dejábamos ganar siempre todas las partidas y con quien aguardamos empapados en la cola bajo una intensa lluvia solo por comprar un cartucho de patatas fritas. La misma persona a la que dábamos siempre la razón aunque claramente no la tuviera. La misma que no nos soltó la mano aquel día que vomitamos a la salida de una discoteca. La misma a quien ahora nos cruzamos acompañada, y a la que una vez vimos girarse a través del reflejo del cristal de un escaparate. Sin embargo, precisamente aquí, Enrique nos canta que hay que saber retirarse a tiempo: “La cima es un lugar que se visita, no es lugar para vivir”. Evidentemente, para él, el nombre de esa chica empieza por H. Hace tanto tiempo que dejó Héroes del Silencio, que posiblemente hasta dude ya de si realmente fue el cantante de la banda o simplemente soñó con serlo. Hay algo que nos dice: “Fuiste demasiado lejos para seguir aquí”, que nos llama la atención. Y es que, después de recorrer un largo camino desde que inició su carrera en solitario, el punto más lejano al que llegó fue, seguramente, con Pequeño. Entre tanto, todos los pasos que ha dado no han hecho más que acercarlo de donde partió, pero él ni siquiera se fija en los cristales de los escaparates y no sabe quién se da la vuelta al otro lado. 

Y sabiendo, como buen escalador que es, que el problema no está en subir la montaña, sino en bajarla, así surge la necesidad de versionar Zamba para olvidar, de Daniel Toro. Cuando canta: “No sé para qué volviste, si yo empezaba a olvidar. No sé si ya lo sabrás, lloré cuando vos te fuiste. No sé para qué volviste, qué mal me hace recordar”, suena a llamada de madrugada de alguien que esconde su número pero sabes quién es, y aunque dudas en coger el teléfono porque ha tardado mucho tiempo en hacerlo, finalmente descuelgas. Pero la otra persona no habla. Y su respiración es un disparo seco en un callejón oscuro en el que en la dirección de la bala sólo estás tú. Personalmente, creo que hubiera encajado mejor en Licenciado Cantinas. Aunque acabará, a buen seguro, entre las más escuchadas, parece algo fuera de lugar en este álbum, como esa maleta que nadie reclama dando vueltas en la cinta de un aeropuerto. Pero es que Enrique es, en sí mismo, esa maleta. Tiene algo del enigmático y luminoso Alton, aquel niño de la estupenda Midnight Special, y de la macabra y delirante Mia Goth de Pearl. Una disonancia, en cualquier caso, al alcance únicamente de quien sabe que las auroras boreales solo salen bien en las fotos y ni se preocupa en sacar el teléfono del bolsillo.

Entre desvaríos, vamos avanzando, sin prisas, por los márgenes de De un siglo anterior. Un álbum, por cierto, con olor a electricidad antigua y a televisor de tubo, crudo y sin pedales, donde el sonido no depende tanto de los botones como de la madera de la guitarra, y donde apenas hay sintetizadores que rellenen huecos o creen capas atmosféricas artificiales. Solo una voz desnuda, las cuerdas de un viejo contrabajo y una trompeta, muy de vez en cuando, y donde los procesadores digitales dejan paso a la electrónica de válvulas y amplificadores Orange. Como ya ocurrió con Cuentas pendientes, pareciera como si Bunbury se hubiera quitado los colmillos y los hubiera dejado a remojo en un vaso de agua sobre la mesilla de noche. Como si se hubiera cansado de tener que llamar a la puerta para entrar y ahora le resultara incómodo dormir boca abajo. Como si ya no necesitara ir dejando marcas en el cuello de la gente ni le diera miedo la cruz. Como si le apeteciera ver su cara en el espejo y mandar su capa roja a la lavandería. Y aunque aún es pronto para saber si en su próximo trabajo seguirá comiendo dientes de ajo durante la grabación, también conviene recordar que basta una gota de sangre del rasguño de una mano filtrándose por las grietas de la tumba, para que uno vuelva a convertirse en murciélago. En el tema que da título al disco hace bastantes guiños, todo sea dicho, al no muerto, empezando por un sonido atemporal que huele a despensa cerrada y terminando en el propio texto, como cuando dice que viene de un siglo anterior y habla de habitaciones a media luz, de ser raro entre la multitud, del espejo y la revelación, de un animal en vía de extinción y de la lección vital en la cruz. Los arreglos vintage de la canción, sin maquillajes externos salvo para disimular su propia palidez, posiblemente la conviertan en la favorita de nuestras madres, que verán en ella ese viejo vestido lleno de polvo olvidado en el baúl. Aunque el verso inicial lo hace ideal para abrir el álbum, Enrique sin embargo la ha escogido como cierre de la cara A, y ¿quiénes somos nosotros para cuestionar a los noctámbulos y depredadores de la noche?

Hablando de comensales y porciones disponibles de carne, aparece entre las sombras otra de las favoritas del disco: Peor que como estamos. Ese toque de spaghetti western y ese estribillo pegadizo nos hace preguntarnos por qué no ha salido (todavía) como single. Cuando canta con esa voz oscura: “el dedo opresor tiene el gatillo fácil”, uno dibuja en la cara, casi sin querer, la misma sonrisa malévola de Lee Van Cleef. Y aunque se echa de menos un sonido más tenebroso -a lo Servidor de nadie o Es hora de hablar-, Enrique apuesta por el mate antes que por la bisutería de discos como Flamingos. De nuevo hace referencia a la autocensura del sistema, y al escuchar: “Cansados de mentiras, juntos conspiraremos”, nosotros volvemos a pensar en que quizás deberíamos esconder bajo tierra, en un sarcófago y a varios metros de profundidad, todo lo que nos enseñaron. Y Bunbury no se calla: “Nos han quitado tanto, que perdimos el miedo / Una cara a la prensa, y al pueblo brutalidad”. Lo cierto es que nos han alejado tanto del centro que ya ni siquiera somos capaces de poder soñar con llegar a ser algún día la aguja del pajar. Hay tantas cosas por las que preocuparse cada vez que encendemos la televisión, que las películas de miedo son ahora una evasión. Hace años temíamos a los espantapájaros. Hoy a que el planeta se quede sin gasolina.

Quizás por todo eso, Bunbury ha dejado de mirar al futuro -e incluso al presente-, y ha preferido volver al pasado. Sin lugar a dudas, prefiere la época en que se acudía a los templos para que a uno le interpretaran los sueños, a preguntárselo a un ordenador. En el arcén es otra mancha de humedad en la habitación de los seguidores de la distorsión y el estruendo. Pero Enrique sabe que aunque uno se ponga un parche de los Rolling Stone en la cazadora, hable en los bares de Jimmy Page y se tatúe sus tristezas en el brazo, no le hace una estrella del rock, y por eso les canta bajo la elegancia de un tango: “Aunque estés lejos de mí, no dejé de recordarte”. Y es que ¿quién no ha soñado alguna vez de adolescente con escaparse con alguien? La realidad es que la nostalgia que Bunbury creó en la gente con aquellos cuatro discos y sus tres o cuatro compañeros de viaje de los 90, parece imbatible. Y eso es tan cierto como que las dependientas más guapas de los supermercados siempre acaban estando en la cola en la que no nos ponemos, o que, cuando uno viaja solo, hay noches de hotel que paga el que se despierta más tarde.

Y recordando, eso sí, que las despedidas en los aeropuertos son más tristes que en las estaciones de tren, llegamos al cierre del álbum con Un par de acordes, una mentira y la redención. Con el mismo sabor circense de Todo -el final de Palosanto-, y con cierto aroma al Huracán ambulante, Bunbury vuelve a alejarse de la música de las tiendas para insistir en que no nos dejemos engañar por el pan y el circo que nos ofrecen siempre, y que, aunque nos sintamos como un mueble que no encaja tras la mudanza, nadie debe elegir nuestro camino: “Que nada te perturbe, nada te espante / Es tu propia voz la que clama en el desierto”. Destacan especialmente los versos: “Si viniste a contar tus más íntimos secretos, cerremos un acuerdo. Nadie se debe enterar”. A veces uno tiene la sensación de que, bajo ese disfraz de icono eterno, se esconde alguien tan frágil e impredecible como el fusible de una bombilla.

En un tiempo en el que solo atendemos a aquellos periódicos y programas de televisión que nos den la razón, los discos de Bunbury se empeñan en quitárnosla. Enrique fue el primero en visualizar el futuro, y por eso con Radical Sonora miró hacia delante. Y ahora que no recordamos el pasado, está siendo también el primero en mirar hacia atrás. Así, mientras todo el mundo contempla a la serpiente que baila, De un siglo anterior se fija en la flauta y en las mordeduras del tipo que dice hipnotizarlas. Tratándose de un disco imaginado, paradójicamente, en esta época -y que jamás se habría planteado entonces-, nos encontramos ante un paseo hacia las entrañas de uno mismo, guiados con una linterna a la que a veces le fallan las pilas, y que, para algunos de sus seguidores más inflexibles será algo así como huellas de perro en una carretera recién asfaltada. Del mismo modo que Bunbury sabe que las serpientes son sordas y que la magia se hace de otra forma, también sabe que la presa más difícil de atrapar es aquella que nunca se mueve. Y observando en silencio a los cazadores, se aleja de ellos lentamente hacia las montañas. Por su cabeza ya no pasa un ataque sorpresa. No le importa que alguien vea el álbum como maleta que ahora no cierra, pues sabe que a la mayoría de nosotros nos parecerá que acabará siendo de muy bueno para arriba. En realidad todos lo son, porque escuchar a Bunbury es, en definitiva, la excusa que utilizamos para ser felices. La única, de hecho, que conocemos. Y mientras él se entretiene, dice, viendo Forjado a Fuego -ese programa en el que le enseñan a uno a sacarle punta a los filos gastados de las espadas-, camina sin prisas levantando la cruz.

Y cuando a nosotros nos preguntan hasta cuándo vamos a seguir escuchando sus discos, la respuesta nos la sabemos de memoria: Por el momento podemos decir siempre.

Compártelo